MIS HIJOS ME TRAEN FLORES DE PLÁSTICO

MIS HIJOS ME TRAEN FLORES DE PLÁSTICO

(OTRA EDUCACIÓN ES POSIBLE)

CISCO CORNELLES

olea_cs@yahoo.es

www.asociacionolea.org

http://asociacionolea.blogspot.com

 

            Había una vez  un espermatozoide que encontró un óvulo y comenzó una nueva vida. Las células originarias empezaron a dividirse. Poco a poco se fueron formando sus tejidos y sus órganos. De vez en cuando (cuando la parte de él que era su madre pasaba una mala racha) el órgano que se estaba formando almacenaba una dificultad. En su caso fue el estómago. Años más tarde somatizaría sus momentos de estrés con dolores de estómago. Poco a poco la mamá-bebé fue creciendo hasta llegar el momento de nacer. No le dejaron. Sabía que ese momento sería uno de los más importantes de su vida. Que el dolor y el esfuerzo por el que tenía que pasar tendría la recompensa de sentirse acogido por el exterior de su madre. Nunca supo de la recompensa de hacer aquel esfuerzo. Lo hicieron por él al no dejarle intentarlo suficientemente y sacarlo por cesárea. (Se le quedó la sensación de que no valía la pena hacer esfuerzos puesto que habría alguien que lo haría por él. Esta sensación la vería confirmada más tarde cuando intentando esforzarse por coger sus juguetes veía que siempre lo hacían por él acercándoselos antes de haber concluido su esfuerzo.) De repente pasó del paraíso del útero de su madre a la soledad más absoluta, rodeado de plásticos, telas, tubitos, agujas y otros materiales con los que nunca había tenido contacto. Llegó a pensar que no merecía la pena nacer si nacer era aquello. Al cabo de un tiempo (que él no pudo medir pero que le pareció eterno) lo juntaron con una mujer que todos decían que era su madre y con el tiempo él la aceptó como tal.

            Su madre era novata. Le aconsejaron que acostumbrara a su hijo a dormir solo y así lo hizo. A pesar de que le oía llorar y su impulso era entrar en su costosa y decorada habitación para consolarlo, se resistía porque los expertos en sueño infantil le habían aconsejado que no lo hiciera. El bebé se sintió solo y desamparado. No entendía nada, no sabía dónde estaba. No comprendía el motivo por el cual su madre lo abandonaba. No sabía si sería devorado por un lobo o no y empezó a llorar porque era la única forma que sabía para llamar a su madre. Creyó llorar eternamente pero su esfuerzo no tuvo recompensa, así que empezó a interiorizar que no valía la pena esforzarse para conseguir satisfacer sus necesidades. Finalmente exhausto dejó de llorar y se durmió. Su madre quedó tranquila y satisfecha porque el método de los expertos funcionaba.

            Tenía muy pocas necesidades: ser alimentado, estar seco y caliente, tener contacto físico y ser aceptado incondicionalmente (amado).  Sus padres nunca supieron que su proceso neurótico comenzó al no tener algunas de estas necesidades satisfechas durante un tiempo. Al principio hizo todo lo posible para satisfacerlas. Lloró y pataleó para dar señales de que quería que se atendieran sus necesidades, pero como continuaban sin ser satisfechas, primero sufrió un dolor continuo esperando que sus padres las  satisficieran y finalmente se apartó de su dolor desconectándose de su necesidad.

            Esta separación entre él mismo y sus necesidades y sentimientos era la forma instintiva que tenía para desconectarse del dolor que sentía al no ver satisfechas sus necesidades. Obviamente las necesidades no satisfechas no desaparecieron sino que continuaron toda su vida presionándole inconsciente pero constantemente. Finalmente se desconectó para siempre de sus necesidades y empezó a perseguir satisfacciones sustitutorias.   

A los cuatro meses, siguiendo nuevamente los consejos de especialistas (y no porque la baja maternal dure cuatro meses) lo destetó. La leche que fabricaban las multinacionales durante los últimos 50 años era mucho mejor que la que había hecho la imperfecta naturaleza durante millones de años de evolución. A su bebé no le importó tanto separarse de la leche (aunque su sistema inmunológico lo acusó) como separarse de su madre. Volvió a confirmar que sus necesidades, sus deseos y sentimientos no eran tenidos en cuenta y por tanto merecían un lugar en el inconsciente.

            El bebé creció y sus papás lograron poco a poco distraerle cuando lloraba para que aprendiera a desvincularse de sus sentimientos y sensaciones. Todavía recuerda una vez que se cayó y se dio un golpe. Sus padres decían con cariño “no llores más no ha sido nada”. Él sentía que sí tenía importancia lo que le pasaba, pero como sus padres decían que  no, empezó a pensar que algo no le funcionaba bien en su interior. Sus padres le dieron una golosina para que se olvidara de su dolor. Años después recurriría a las golosinas cada vez que sentía una situación de estrés.

            Aprendió a decir hola y adiós, a besar a las personas adultas cuando sus padres se lo decían aunque no tuviera ganas ni deseo de hacerlo, a decir gracias aunque no las sintiera, etc. Es decir, sus padres le enseñaron a ser hipócrita.

            Luego fue al colegio. Ya estaba preparado. Allí aprendió muchas cosas. A estarse quieto y sentado en su silla. A hacer, no aquello que le interesaba sino aquello que decía el maestro que era bueno para él. A memorizar cosas sin comprenderlas y a hacer los deberes para que no le regañaran. A olvidarse de lo que a él le gustaba para hacer lo que el maestro decía que era importante. Aprendió a olvidarse de qué era lo que pensaba y sentía ya que siempre que expresaba sus deseos veía que no tenían importancia ya que el maestro le decía lo que era realmente interesante. Así aprendió a desconfiar de él mismo y a confiar en lo que otros le decían. Por supuesto también aprendió puntualidad. Todos estos aprendizajes le servirían mucho para encontrar trabajo y poder obedecer a su jefe sin rechistar por miedo a ser castigado.

            De adulto trabajó durante años en una profesión que otros le habían recomendado y vivía convencido que se estaba sacrificando para alimentar a su familia. Poco a poco creció en él la sensación de que no había vivido su propia vida. Notaba que la vida se le estaba escapando entre sus manos sin llegar a experimentar su plenitud.

            El día antes de su jubilación murió.

 

Fragmento del poema:

“MIS HIJOS ME TRAEN FLORES DE PLÁSTICO”

 de José Hierro.

 

 

Bibliografía

 

REBECA WILD. “Aprender a vivir con niños. Ser para educar” Ed. Herder.1997

JEAN PIAGET. “Psicología y pedagogía” Ed. Ariel.

JOHN HOLD. “El fracaso de la escuela” Ed. Alianza editorial.

ERICH FROMM. “Miedo a la libertad” Ed. Paidos.