Carta de un padre a su hija prematura.

Carta de un padre a su hija prematura.

 

Capítulo primero: las palabras

Si es cierto que el mundo no es más que las palabras que lo definen, puedo asegurar que la maternidad/paternidad abre las puertas a un universo paralelo. De pronto, cuando los conceptos que te rodeaban eran ya conocidos, cuando, por fin, creías comprender los límites de tu entorno, salta la liebre. Y no cualquier liebre, sino la de Alicia en el país de las Maravillas, con su reloj de bolsillo y todo, su chalequito de arlequín y su cara de prisa. Y te arrastra, vaya si te arrastra. Te arrastra a un mundo dominado por palabras extrañas, desconocidas, que definen una nueva realidad de la que siempre te habías mantenido al margen. De la noche a la mañana, como si el recién nacido fueras tú mismo, los que te rodean te hablan en un lenguaje ignoto, de tierras lejanas aún por descubrir y te dicen:

preeclampsia, maxi-cosi, puerperio, episiotomía, barrera placentaria, dilatación, tetinas libres de policarbonatos, maduración pulmonar... Y te ves a ti mismo allí, balbuceando, intentando repetir los sonidos pero sin acabar de comprender el sentido que cargan, aprendiendo los mecanismos del nuevo idioma.

 

 

Capítulo segundo: el parto

Perdón, El Parto (acentúense todas las sílabas)... pero no el tuyo o el de tu mujer. No, no, ese no. Es el parto en femenino... perdón, El Parto (acentúense todas las sílabas) hecho hembra... Ese parto único, mágico y lleno de dificultades inimaginables que también va a ser el tuyo (o el de tu mujer) ese parto infinito que, desde Adán y Eva, lleva explicándose de generación en generación. Ese parto que te explica tu madre, tu tía, tu abuela, tu prima, tu vecina, cualquier mujer que te encuentres en la calle. Ese parto lleno de puntos de sutura, de golpes en el vientre, de hematomas, de placentas que se resisten a salir... en definitiva, esa competición de sangre, de bilis, de gritos, de lágrimas... ah! y de dolor... un dolor... ¡qué dolor! Pero tranquila te dicen, luego no te acuerdas de nada... Pero ¿cómo que no te acuerdas de nada? Si pueden reproducir hasta el más mínimo detalle como si al recordarlo volvieran a experimentar ese fascinante desgarro de la vida. El Parto (acentúense todas las sílabas) es magia... sí, pero magia negra, brujería, vudú, cortarle el cuello a la gallina y dejarla salir corriendo... Pero tranquila... todo irá bien... y con la epidural ni te enteras.

 

 

Capítulo tercero: ella

Ella es lo más bonito que he visto en mi vida. Ella cabe en un cuerpo ínfimo. Ella te mira y no sabe dónde. Ella te sorprende en cada gesto. Ella te aterroriza en cada llanto. Ella sonríe y te subyuga. Ella abre sus manos y coge tu alma. Ella no anda pero llega a todas partes. Ella soy, ella eres, ella es... y, sin duda, ella somos. Ella lo sabe todo aunque no dice nada. Ella come y tú te satisfaces. Ella llora y tú te desconsuelas. Ella devora tu energía. Ella llena más de lo que ocupa. Ella te quiere, aunque no te lo diga. Ella juega con tus ilusiones. Pero, sin lugar a dudas, lo mejor de todo es Ella.

 

 

Capítulo cuarto: la opinión

La opinión es un regalo que no cuesta nada. No importa si es verdad o mentira, lo importante es que es tuya. La opinión quiere multiplicarse sobre la faz de la tierra. La opinión busca conquistar el universo.

Ejemplo 1: una chusma enfurecida de señoras cuyas mamas deleitaron los paladares de decenas de infantes arroja sin piedad consejos a una madre primeriza sobre cómo debe darle el pecho a su criatura. La madre forcejea hasta que las señoras toman el control de la situación. Sujetan al indefenso bebé mientras lo atormentan con la teta de su madre. Mamar o morir.

Ejemplo 2: madre, suegra, hermana mayor, tía y abuela sujetan el pañal del bebé como si se tratara de una roca de 200 kilos. Cada una estira de una esquina, tú miras la escena, quieres proteger a tu hija pero el pánico te domina. Ves atónita como le someten a un suplicio mientras todas (absolutamente todas) hablan sin parar, ponen y quitan crema, aprietan y aflojan el dodoti, comentan la jugada, repiten, insisten... mientras la madre, cada vez más arrinconada, va empequeñeciendo hasta casi desaparecer.

 

Capítulo quinto: la esperanza

La esperanza no es y quizás ni sea. La esperanza es un viaje a un país que probablemente no exista. La esperanza es recorrido y no destino. La esperanza es no saber qué será de tu hija pero creer firmemente que todo irá tal y como lo habías planeado. La esperanza es trazar un plan y estar dispuesto a variarlo. ¿Qué sería sin la esperanza?

 

Rubén Boix (Padre de Alaïs)